Sobre la libertad de opinión

En la  democracia constitucional contemporánea la libertad de  opinión es  uno de sus  principios constitutivos y básicos y principio  rector esencial. Por ello es que la  instalación de un régimen  totalitario, como desgraciadamente  ocurrió durante el siglo XX en diversos e importantes países, produce como sus primeras victimas el término de esta  libertad en  conjunto con la  libertad  personal.

 

También es  una realidad que en la  sociedad  contemporánea coexisten  legítimas y diversas  opiniones y concepciones sobre  lo público, sobre lo religioso y acerca de variadas cuestiones que  interesan y motivan  al ciudadano del presente. Es  incuestionable, entonces, que el derecho  a la libertad de  opinión debe poder ser ejercido en forma  amplia  y generosa, para  respetar  cabalmente  el pluralismo sustancial vigente  en nuestra  sociedad.

 

Por lo demás,  así lo ha reconocido  y lo recuerda la propia  Corte Europea de  Derechos  Humanos, quien afirma que  “la  libertad  de expresión constituye uno de los fundamentos  esenciales de tal  sociedad (la democrática), una de las condiciones primordiales para su progreso y para el  desarrollo de los  hombres”, y añade la Corte  refiriéndose  al carácter de las ideas o informaciones  que se transmiten, que la conclusión anterior es valida  “no  solo para las  informaciones o ideas que son favorablemente  recibidas o consideradas como inofensivas  o indiferentes, sino también para aquellas que  chocan , inquietan  u ofenden  al  Estado o a una fracción cualquiera de la población. Tales son  las demandas  del pluralismo, la tolerancia  y el  espíritu de apertura,  sin las cuales  no existe una “sociedad democrática”.

 

Teniendo presente las  reflexiones  y cita precedente, es  evidente que el agravio  sufrido  por José Antonio Kast con motivo de su visita  a la  Universidad Arturo  Prat, comprueba  que en  nuestro país la que denominaré izquierda dura, sin duda alguna  tributaria de la  ideología  marxista  leninista, no cree   ni confía   en esta  libertad, empecinada como  está  en imponernos una  única  concepción ideológica  (cuasi religiosa por lo demás) para  conducir nuestra  vida individual  y colectiva.

 

Por ello, es que el  resto de la sociedad, ajena a esta ideología  y que es mayoritaria, no puede permanecer  inerte y mirar con indiferencia tan grave atentados  a la libertad  de  opinión  como el que sufrió  el  ex candidato presidencial, ya que  la  historia  contemporánea  es  muy  rica en lecciones  en cuanto a que  esta  pasividad  e  indiferencia ante la agresión  de los totalitarios  les facilita  a éstos su estrategia, nunca  abandonada, de acceder al poder y conducción del Estado, suprimiendo la  opinión y el  pensamiento público de  todos  quienes se  oponen frontalmente a sus ideas y pretensiones  ideológicas.

 

Este columnista, por lo menos, y como señal de  su indignado   rechazo a esta  agresión antidemocrática, expresa  y escribe como cierre de esta columna: “Yo también soy  José Antonio Kast”.

 

Gustavo Cuevas Farren.

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