QUE ENTRE LOS “TIEMPOS MEJORES” ESTÉ EL TIEMPO DE LA FAMILIA. 

Por décadas se ha propiciado en nuestro país, en abierta contradicción a lo que manda la Ley fundamental, el debilitar en forma deliberada la familia; con ello no sólo se incumple una función específica ordenada desde lo más alto de nuestro sistema jurídico, sino que también se traiciona a la finalidad última del Estado: el Bien Común, ya que éste se identifica clara, directa y necesariamente con el bien de La Familia.

Por esta razón no es mera casualidad que ambos conceptos- el de La Familia y el de Bien Común-  se encuentren consagrados en el artículo primero de la Constitución, el que impone al Estado la búsqueda de uno para el cuidado del otro. En otras palabras, el propósito o la razón de ser del Estado es el Bien Común, y éste se concreta de la mejor manera cuando se refleja en el bien de La Familia.

Esta misión fundamental del Estado ha sido, en los últimos años, totalmente omitida. A las autoridades las ha nublado una obsesión ideológica radical, fundada en un exacerbado individualismo con una dosis extrema de relativismo que impide una búsqueda honesta de la Verdad y del Bien.

Como decíamos, no sólo la Constitución Política de la República, sino también la Ley de Matrimonio Civil, reconocen a la Familia como la célula básica de la sociedad, y todo el ordenamiento jurídico  se encuentra concebido bajo  la idea natural de que la Familia, cuna de la cultura y base de la sociedad, es la matrimonial. Lo anterior  no excluye a que sociológicamente y por las circunstancias, muchas veces no queridas, existan familias monoparentales, las que no son el ideal al que apunta su fortaleza la misma sociedad y que frente a las familias fundadas en un matrimonio sólido se encuentran en clara desventaja.

Pretender  como un signo de los tiempos desproteger la realidad de la familia matrimonial frente a otras realidades monoparentales ha sido el gran error de las políticas públicas. Si bien reconocemos un avance en la erradicación de los conceptos de hijos legítimos e ilegítimos, por lo oprobioso de la terminología, no es menos verdad que la homologación de los hijos matrimoniales versus los no matrimoniales sólo ha causado un gran daño a la Familia, y con ello al conjunto de la sociedad, atentando así gravemente en contra del Bien Común.

Algunos detractores de la idea anterior señalan que este daño a la Familia se ha visto compensado con la protección que la ley hoy otorga al cónyuge sobreviviente por haber mejorado sustancialmente su posición en la sucesión del cónyuge fallecido. Sin embargo, esta situación de mejor posición  es claramente marginal frente a la desprotección infringida a la familia matrimonial por la nula relevancia que hoy posee para ella tener hijos dentro o fuera de ella.

Por otra parte, la cuña mortal impuesta al matrimonio civil bajo la forzada concepción de hacer disoluble lo que por naturaleza no lo es, era ya suficiente atentado en contra del Bien Común; sin embargo, sus autores, no contentos con el mero hallazgo de la “modernidad” y bajo la fórmula de mayor amplitud, dejaron en la total desprotección a la parte más débil del matrimonio frente al divorcio unilateral, con total pérdida del poder de negociación  ante esta causal.

Hoy constatamos que mujeres, luego de 20 ó 30 años de matrimonio, son dejadas bajo esta modalidad de desdén mudable, sin ninguna previsión social, en la total pobreza y desamparo, haciendo totalmente huecas las frases que desde las alturas republicanas se escuchan acerca de una política “cercana e inclusiva”. La contrapartida generada por los creativos de siempre es nimia o ridícula, pues las compensaciones económicas no se acercan ni de broma a solucionar la secuela de destrucción y desprotección, concebido desde un cómodo  sillón gubernamental.

Lo cierto es que las reformas conocidas hasta ahora y auspiciadas por toda suerte de Ministerios que esconden su nombre bajo un slogan jabonoso, carecen totalmente del concepto de perspectiva de familia que se encamine verdaderamente hacia el Bien Común; por el contrario, han estado y siguen inspiradas en una mirada individual de los integrantes del grupo familiar que adicionalmente  los coloca como antagonistas unos de otros de su destino común, y en el mejor de los casos suponen a la familia como una reunión meramente transitoria de personas y no como la comunidad de vida que en realidad es.

La guinda de la torta ha sido hasta ahora la famosa Unión Civil, pues parece que no les bastó hacer del matrimonio el contrato más feble de todo nuestro ordenamiento, los autores de la nueva fórmula venían a solucionar la falta de regulación de 2 millones de convivencias. Lo cierto, es que a cuatro años de su promulgación sólo se han contraído, bajo esa modalidad, poco más de siete mil convivencias, prueba elocuente que la ideología no se funda en la realidad. Ya esa legislación violentó en mucho el estatuto matrimonial que dificulta diferenciar un matrimonio de una convivencia regulada, haciéndolos pasar por prácticamente lo mismo.

El horizonte próximo no se ve nada auspicioso en materia de reformas, nos abruma pensar que se imponga la regulación de la convivencia de personas del mismo sexo bajo el concepto de matrimonio y con ello nos sigamos separando de la familia y del bien común. Urge que los mejores nuevos tiempos incluyan de verdad a La Familia.

 

Jorge Reyes Zapata

Abogado

 

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