Bienvenidas las Reformas

El director del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de Chile, Gustavo Cuevas, analiza las enmiendas introducidas en nuestra Carta Fundamental.

“Emplazo al señor Aylwin y a quienes lo acompañan a que digan ante la opinión pública ahora si están dispuestos a darle estabilidad constitucional a este país o van a seguir en el juego de la inestabilidad a través de sucesivas reformas; porque si así fuere, están engañando a la opinión pública, están cometiendo fraude frente a la credibilidad y la buena fe de la gente. Si ellos se atreven a exponer su posición favorable a seguir desmantelando el tejido constitucional hacia el futuro, yo creo que esto les restaría bastantes votos el 14 de diciembre”.

Así, con voz firme y sin titubeos, se expresa Gustavo Cuevas Farren. Es abogado y experto en lo que algunos han llamado “el arte de regir a los hombres”. El edificio que alberga su despacho bien podría ser considerado una fábrica de ideas, lugar donde se discuten y analizan a cabalidad conceptos tan importantes como Estado, Ley, República y Democracia, entre otros. Como constitucionalista, habló con ERCILLA acerca de las reformas, su importancia, validez y significación.

Leyendo algunos artículos de prensa, me encontré con que en 1983 usted decía que la Constitución tenía el defecto de ser reglamentaria, muy extensa y detallada, “lo que nunca es bueno en los textos fundamentales, porque conduce al uso de los resquicios y a modificaciones frecuentes para poder entenderlos o aplicarlos”. ¿Las próximas enmiendas serían una manifestación de esas imperfecciones?

Mire, yo creo que las modificaciones no le han quitado el carácter de reglamentaria a la Constitución. Quizás uno de los defectos que permanecen en nuestra Carta Fundamental sea ése, además de ser exageradamente detallada. La verdad es que las modificaciones tienen por finalidad corregir el texto en algunas deficiencias u omisiones que se apreciaron, y adaptarlo a las circunstancias o al momento político que está viviendo el país, ponerlo en concordancia con la dinámica política del presente.

¿Con cuál de las 54 reformas no está de acuerdo?

Me cuesta responderle, pero lo voy a hacer. Estoy de acuerdo en general con el paso que se ha dado en orden a lograr un consenso para reformar la Constitución. Creo que eso favorece el ambiente o clima político y social que se requiere para consolidar la democracia. Estoy también de acuerdo con las reformas constitucionales postuladas. Yo creo, para serle bien franco (largo silencio), que en esto hay que ser bien definido. Yo hubiere preferido hacer una reformulación del artículo octavo, de manera tal de darle una mayor precisión en torno a lo que es sancionable. Lo que es contrario a la Constitución son las conductas y no las ideas. Haría eso para que no quede duda de que no se están persiguiendo las ideas, porque a mi juicio éstas no deben ser perseguidas y no es compatible con la democracia perseguirlas; pero yo habría continuado – porque en esto hay consenso entre los sectores políticos, en cuanto a que la democracia requiere de una defensa, no puede quedar inerme, entregada a los enemigos de la libertad- con la proscripción que se mantiene ahora, pero no donde está, sino en el capítulo primero, como base de la institucionalidad.

¿El hecho de que haya sido modificado el sistema de reformar la Constitución le parece adecuado?

Me parece bien. Yo soy partidario y sigo siéndolo de hacer más flexible la Constitución, más adaptable a la evolución de la dinámica política y del cuerpo social. Pero me parece peligroso que en el caso de los sectores de oposición democrática, que han apoyado las reformas, estén engañando a la opinión pública. He escuchado a Patricio Aylwin, a Ricardo Lagos y hago como una sola la opinión de ambos, porque están unidos en esta estrategia. Creo que es un fraude a la credibilidad y a la buena fe de la opinión pública el hecho de que ellos llamen a aprobar las reformas como un gesto de lograr para el país la estabilidad institucional, en circunstancias que, debajo de la manga, se están guardando la carta de desmantelar la Constitución a futuro.

Por de pronto han señalado deseos de terminar con el sistema de senadores designados…

Mire, el tema de los senadores designados es discutible. Como es en toda cosa de la política institucional, nada es perfecto ni nada es objetable o no. Todo es relativo en términos de que cada país debe adaptar sus organismos de acuerdo a su propia realidad; pero en general, en el mundo contemporáneo los parlamentos tienden hacia su tecnificación, porque la labor de quienes los integran es especialmente delicada, y las democracias modernas no sólo deben probar que son libertarias, sino que deben ser eficientes, y esto se logra en parte a través del trabajo de los representantes populares. Para que los parlamentos cumplan con moderación y bien sus funciones, muchos regímenes constitucionales han incorporado personalidades calificadas por su experiencia, sabiduría o tradición en labores de servicio público, a la función senatorial. Esto es perfectamente compatible con el régimen democrático, y yo creo que modera, tecnifica y hace más equilibrada la labor de " la Cámara Alta”.

¿Con estas modificaciones la Constitución no queda menos presidencialista…?

Algo de ello hay. Usted sabe que una de las modificaciones, como aquella que suprime la facultad del Presidente para disolver la Cámara de Diputados o aquella otra que lo priva de la facultad de expulsar durante los estados de sitio a chilenos o a extranjeros, procura establecer un mejor equilibrio entre la función y los poderes del Presidente y la funciones y poderes del Parlamento. Si bien es cierto esta reforma restablece un mejor equilibrio- en lo que estoy de acuerdo-, no es menor cierto que no le quitan el carácter de presidencialista a la Constitución.

¿Qué opinión le merece el hecho de que algunos partidos estén llamando a rechazar estas reformas?

¿Cuáles, por ejemplo? No recuerdo quiénes son.

El Partido Socialista de Moraga, el de Los Jubilados y en cierto modo el Partido del Sur.

Bueno, en algunos casos prevalecen intereses seudoideológicos y en otros están las motivaciones personales y pecuniarias.

Otra de las reformas señala que para ser elegido diputado o senador, el candidato debe tener residencia en la región donde postula durante un plazo no inferior a dos años. ¿Está de acuerdo con ella?

¡Qué bueno que me consulte esto!, porque cuando usted me preguntó qué reformas no habría aprobado, ésta es una de ellas. Si hay un avance que hay que consolidar, es el de la descentralización y regionalización del país. Y la manera mejor de simbolizarlo y de conseguirlo es exigir que los representantes populares provengan de las regiones respectivas. De modo que yo habría mantenido sin variación los tres años. Y si usted- aunque le parezca exagerado lo que voy a decir- me pide que le diga si hubiese aumentado los tres años, a lo mejor lo habría aumentado a cinco años.

¿Cuáles son los pros y los contras de un período presidencial de cuatro años?

Lo negativo es que una política de desarrollo económico- social e institucional que pretenda obtener resultados tangibles y exitosos, a lo mejor requiere tener un plazo de planificación y desarrollo más largo. Pero para esta etapa política, los cuatro años son buenos. Primero, porque de una oportunidad de consolidación a las instituciones que no han sido probadas, y segundo, porque, mal que mal, este país no se ha confrontado políticamente durante dieciséis años. Vamos a saber cuáles son las fuerzas más relevantes. Los partidos van a tener oportunidad de reagruparse. Entonces todo esto se puede lograr en este período y el país podrá enfrentar a futuro una elección más clara, con un mapa electoral más transparente. La otra ventaja es que, después de dieciséis años – con un cuerpo electoral donde casi la mitad de ellos no ha tenido experiencias electorales previas y que carece de una cultura cívica –, una mala decisión electoral es fácil que se produzca. Si esa juventud se llegara a equivocar en diciembre al escoger Presidente y Parlamento, por lo menos que ese error dure cuatro años y no ocho.

 

Autor: Patricio Fuentealba P.
Fuente: Revista Ercilla

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