Aplicación de la Constitución

Gustavo Cuevas:

“A la Constitución hay que ponerla “en rodaje”, usarla, probar su eficacia”.

Como director del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile, Gustavo Cuevas Farren está en permanente contacto con el acontecer político del país. Como miembro de la Comisión de Leyes Orgánicas Constitucionales, y miembro, también, de la primera Comisión Legislativa, le toca ser parte activa del proceso institucional chileno y de la transición a la democracia.

Por esa privilegiada posición, de estudioso y actor dentro del escenario local, ESTRATEGIA conversó con él del presente, pasado y futuro de la “política criolla”.

Si tuviera que destacar el rasgo más característico del momento político actual, ¿a cual mencionaría en primer lugar?

Creo que el primer rasgo importante de destacar es que el Gobierno ha vuelto a tomar la iniciativa política que aparentemente había perdido en los años precedentes.

A su juicio ¿en que se traduce ese retomar de timón?

En que actualmente el Gobierno no transa en su camino a la transición, insiste en la continuación rigurosa del programa trazado en la Constitución de 1980, y para enfatizar que se trata de una última decisión del Gobierno, se acelera el despacho de las leyes constitucionales, entregándose, además, el estudio y preparación de ellas a un sólo organismo, que es la Comisión Fernández.

En los años anteriores esa labor la habían estado haciendo en forma conjunta la Comisión Fernández y el Consejo de Estado, lo que no favoreció la rapidez en el despacho ni facilitó su estudio.

Todas estas razones me llevan a sostener que el Gobierno ya tiene una estrategia diseñada y que por eso se dio el lujo (por decirlo de alguna manera) de cerrarle las puertas al Acuerdo Nacional, cuando los coordinadores se lo hicieron llegar en forma absolutamente tardía.

Usted habla de retomar la iniciativa, eso significa que antes la había perdido ¿por qué?

Aparentemente, en los años anteriores, el Gobierno se apreciaba arrinconado, sujeto a presiones por parte de la oposición en términos de urgir reformas constitucionales, de achicar los plazos preestablecidos. En algún momento, incluso, se pensó que la oposición estaba muy próxima a cumplir sus objetivos y qué, por el contrario, el gobierno estaba muy debilitado y difícilmente podría sobrevivir a la crisis económica de los años 82 y 83. Además, no se veía al Gobierno como impulsor de iniciativas, si no, más bien, como receptor de presiones interpuestas por el actor político más fuerte de ese momento que era la oposición.

Hay una desarticulación y atomización de los grupos y sectores de pensamiento afines al Gobierno”.

¿Qué pasó en el intertanto? ¿Qué condiciones le permitieron al Gobierno revertir la anterior situación?

Creo que hay dos razones fundamentales. Por una parte una oposición dividida y aparentemente cada vez más debilitada; y por la otra, un gobierno que toma conciencia de su poder y de su fuerza – basada fundamentalmente en el respaldo homogéneo y leal de las Fuerzas Armadas – y decide confirmar su estrategia y plazos.

Sin embargo, a pesar de la debilidad de que habla usted, según muchos la oposición ha ido creciendo, o en otras palabras, el apoyo de la civilidad hacia el gobierno ha disminuido.

Pienso que no hay que atribuirles una exagerada importancia a los “estados de ánimo” de la opinión pública, porque esta evoluciona muy rápidamente y tiene reacciones imprevistas y a veces bastantes ilógicas. Efectivamente hay un elevado porcentaje de la población que está descontenta, ya sea por razones políticas o económicas y eso se deduce de la agitación social existente. Pero no hay que engañarse, esas son sólo las apariencias, creo que lo único que podría medir exactamente el apoyo ciudadano sería un evento electoral para pronunciarse en torno a ciertos principios fundamentales que sustenta el actual régimen de gobierno.

POSICIONES DISTINTAS

¿Cree usted que entre el Gobierno y la oposición ha crecido la brecha en los últimos meses?

Sí, creo que se han distanciado las posiciones entre el Gobierno y la oposición democrática. La prueba está en que ni el Gobierno ni la oposición han creído posible dialogar sobre la base de las proposiciones del Acuerdo Nacional. Eso ha quedado en evidencia a través, primero, de la demora de los coordinadores de hacer llegar el documento al Gobierno y, finalmente, en la negativa de éste.

¿A qué se debe la distancia?

Se debe a que la oposición sigue aspirando a una reforma constitucional inmediata, sigue deseando la instalación anticipada del Congreso Nacional, quiere el término de los estados de excepción, ahora; quiere poner, hoy, término al problema del exilio. En cambio, tenemos, por la otra parte, un régimen, que consolidado y con una nueva capacidad de iniciativa, insiste invariablemente en una posición apegada a la Constitución.

Posición que implica plazos más largos…

No tan largos, si estamos discutiendo por años. La transición termina en 1989 y si nos enmarcamos a lo literalmente expresado por la Constitución, el Congreso Nacional, que es la última fase de la transición, se instala en marzo de 1990, vale decir, en 4 años más.

Después de 12 años a mucha gente le parece que tres o cuatro años pueden ser muchos.

Claro, después de 12 años a mucha gente le parece que es mucho, pero también después de 12 años, cuando uno ve el resurgimiento de antiguas posiciones, se da cuenta que a otros les puede parecer poco. Como todas las cosas en la vida, depende del cristal con que se mire.

¿Y a usted que le parece? ¿Queda poco o queda mucho de transición?

Yo creo que queda lo que está establecido que quede.

Cambiemos la pregunta ¿es bueno o es malo para el país que queden tres años?

Todo depende de la responsabilidad y madurez que los dirigentes políticos demuestren tener en 1989. Si queremos vivir sin golpearnos, en paz, y con una democracia eficiente, probablemente lo vamos a lograr.

¿Y que les ofrece el Gobierno a esos dirigentes para esa madurez? El mismo Francisco Bulnes ha dicho que sin Ley de Partidos Políticos difícilmente se podrá tener agrupaciones maduras para 1989.

Los chilenos tenemos entre otros defectos latinos, el creer que no se puede hacer nada si no se dicta una ley. En circunstancias de que hay otros países – como los sajones- en que primero se hacen las cosas y después se les busca la solución jurídica. De manera que yo creo que para una actividad ordenada, responsable y modernizada de los partidos políticos no se necesita tanto una buena ley como una adecuada madurez de los dirigentes.

¿Cómo es que usted siendo abogado le resta importancia a la dictación de las leyes?

No les resto importancia, lo que ocurre es que no creo que todo se resuelva en ellas. La Ley de Partidos Políticos se necesita porque regularizará la situación y dará un marco jurídico que ordenará y encauzará a los distintos partidos hacia ciertos fines; pero con la ley no se va a conseguir ningún milagro. No va a lograrse que los políticos chilenos sean menos personalistas, que las viejas posiciones ideológicas sean sustituidas por concepciones más modernas de la sociedad, eso sólo dependerá de la racionalidad y reflexiones y reflexiones de los propios políticos. Por eso, insisto, las leyes no operan ningún milagro como tampoco ninguna Constitución hace, por si sola, a una sociedad feliz.

¿Pero no ha sido el mismo Gobierno el que le ha dado mucha importancia a ciertas leyes políticas al dilatarlas y hacer tanto preámbulo?

Creo que efectivamente hay un atraso. Pienso, personalmente, que las leyes orgánicas constitucionales deberían haberse dictado ya y estar actualmente en vigencia. Porque las constituciones hay que ponerlas “en rodaje”, usarlas, probar su eficacia. El pueblo tiene que acostumbrarse a sentir su Constitución, a apreciar sus bondades, a quererla.

“ARCHIPIÉLAGO DE CORRIENTES DE OPINIÓN”

Pasando a otro tema ¿qué cree usted que ha ocurrido con los grupos y sectores afines al Gobierno?

Creo que esta es otra de las características del momento político actual y que considero negativa: la desarticulación y atomización de los grupos y sectores de pensamiento y políticas a fines al Gobierno. Y digo afines porque es distinta la afinidad con los principios que la afinidad con las personas.

Todos los sectores que lograron tener una cierta unión hace dos años – que en un principio se llamó el Grupo de los 8 y después pasó a ser el Adena- se han ido atomizando. Esto no es bueno porque si estamos embarcados en una estrategia que nos conduce a un proceso electoral y el Gobierno aspira a la proyección de los principios y de las concepciones más allá de 1989, la única manera real y democrática que esto ocurra es que exista un movimiento de opinión favorable a estas posturas. Un movimiento unido, sólido, representativo, que termine con el verdadero “archipiélago” de corrientes de opinión.

Los chilenos creemos que no se puede hacer nada si no se dicta una ley, en circunstancias de que en otros países primero se hacen las cosas y después se busca la solución jurídica”.

¿Qué impresión le merecen, por el otro lado, las fuerzas de extrema izquierda como el MDP? ¿En que posición están?

Me parece que es uno de los factores preocupantes. Hay una fuerte presencia del MDP que para muchos ha resultado sorprendente. Todos pensaban que el Movimiento Democrático Popular tendría una fuerza política y electoral menor a la que ha demostrado. Eso se ha visto en eventos que son un buen “barómetro”: las elecciones estudiantiles de las universidades y elecciones gremiales muy representativas como las del Magisterio.

¿A su juicio, ¿a qué se debe este fenómeno, en un gobierno que hace de la lucha anticomunista uno de sus objetivos primordiales?

Hay varias razones.

 

Fuente: Diario Estrategia

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