Paz, amistad e integración

El Tratado de Paz y Amistad concertado por Chile y Argentina, con el fin principal de poner término a la prolongada, tensa y sin duda irracional disputa por el control de algunas islas en la zona austral y de los correspondientes espacios marítimos, constituye una estimulante demostración de que aun es posible, en el terreno de las relaciones internacionales, hacer prevalecer la razón por sobre la fuerza y la buena voluntad por encima de los intereses belicistas o simplemente hegemónicos. Sin lugar a dudas, el prestigio personal de Juan Pablo II y el enorme poder moral que aún retiene la Iglesia Católica forzaron la voluntad de las partes negociadoras hacia este compromiso de paz.

Como era inevitable, diversas apreciaciones o juicios de valor han surgido, en ambos países, en relación con los alcances de este Tratado y, específicamente, con respecto a las presuntas ganancias o pérdidas que él importa para cada uno de los países. Según el caso, se trata de opiniones triunfalistas o derrotistas, aunque también las hay, por fortuna, con contenidos de prudencia y realismo.

Personalmente considero que el acuerdo del 19 de octubre es una transacción entre partes, destinada a superar una controversia que claramente amenazaba con convertirse en conflicto, y en cuanto transacción, ella implica una fórmula de solución aceptada, en definitiva, por los negociadores.

¿Cuál es el contenido esencial de esta “fórmula de solución”? Mi evaluación es la siguiente:

Argentina, implícitamente, ha convenido en renunciar a sus pretensiones sobre algunas de las islas del sur del Canal Beagle y ha aceptado que nuestro país extienda su jurisdicción territorial y de soberanía económica hacia el oriente de tales tierras. Chile, a su vez, ha debido limitar su proyección de derechos en tales aguas marítimas australes; pero lo importante, en todo caso, es que ahora existe una clara delimitación marítima.

Igual delimitación se ha producido con respecto a la boca oriental del Estrecho de Magallanes, mediante un compromiso que, sin lugar a dudas, evitó el nacimiento de un nuevo conflicto entre ambas naciones: a este respecto, mientras Argentina acepta plena libertad de navegación de buques de todas las banderas, por su mar territorial o jurisdiccional, Chile otorga su aprobación al trazado de un límite entre los hitos Punta Dungeness y Cabo Espíritu Santo, en dicha boca oriental.

Es evidente que en esta mediación ambas partes han sacrificado derechos y pretensiones, como es propio en cualquiera transacción, pero también es incuestionable que ninguna de ellas ha sacrificado dominios (o soberanía efectiva), lo que tiene particular importancia para nuestro país, que concurrió a estas negociaciones respaldado por la fuerza moral y jurídica que le otorga el Laudo Arbitral de su Majestad Británica.

En resumen, estimo que superando los argumentos que condujeron a esta controversia, las partes han tenido la valentía moral de alcanzar un objetivo político, consistente en asegurar la paz, sacrificando en función de este objetivo expectativas y pretensiones verdaderamente enraízadas en el alma nacional de chilenos y argentinos. Además, con esta paz, ejemplo en el mundo de hoy, se beneficiarán las generaciones futuras, y si ella realmente se prolonga en el tiempo, como todos anhelamos, se convertirá en un bien precioso, querido y compartido por ambos pueblos.

Creo, por ello, que una vez ratificado el Tratado, ya no existirán excusas para seguir postergando la integración física, económica e incluso cultural de ambas naciones, considerando que el desarrollo integral de nuestros pueblos necesita de la infraestructura y del impulso que le puede otorgar esta integración. Ha llegado el momento, entonces, para que los conductores políticos con destreza de estadistas, los empresarios de ambos lados, los trabajadores y los intelectuales, comiencen a construir paciente e incansablemente la unión que se requiere para afianzar la paz solemnemente acordada el 19 de octubre pasado.

Gustavo Cuevas Farren

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