Economía y objetivos nacionales

No es posible desconocer que la actual crisis económica está generando consecuencias de importancia para la vida política del país, entre las cuales debemos incluir la pérdida de confianza que entre amplios sectores de la población han sufrido los modelos económicos excesivamente rígidos y marcadamente técnicos.

Hoy se discute en forma acalorada en torno a las políticas que se han implementado para combatir la recesión, se las aprueba o descalifica, se repara en la modestia o en la lentitud de la reactivación, e incluso, se le atribuye al gobierno culpabilidad por la crisis en su origen.

En realidad, toda la opinión pública concentra su inquietud y sus opiniones sobre la situación económica y sus posibles paliativos, manteniéndose de este modo una primacía que entre todos que entre todos los asuntos públicos le otorgarán a lo económico quienes diseñaron y refutaron las políticas respectivas desde los primeros años del actual gobierno. En este contexto, nos parece explicable que la presente crisis resulte casi intolerable para una población exageradamente confiada en las virtudes de la estrategia escogida. (Confiada incluso,en una especie de “infalibilidad” de ésta).

La reflexión anterior nos conduce a otro tema que es verdaderamente más trascendente: es el de la relación entre la política y la economía. Soslayando las numerosas teorías o escuelas existentes sobre esta materia, podemos sostener que la política en cuanto gobierno del Estado es la actividad global en la cual quedan comprendidas las demás actividades relacionadas con los fines del Estado, entre las que se encuentran precisamente la actividad económica. Es decir, que la economía como disciplina y como expresión del quehacer humano está subordinada a la política, ya que es el Gobierno quien debe presidir todo el esfuerzo que la comunidad realiza para alcanzar las metas que se ha propuesto.

Por su parte, la actividad política no queda confiada al simple arbitrio de quienes ejercen el poder; ella debe respetar un marco jurídico y moral bien delineado, pero además debe servir los legítimos intereses nacionales, entendidos éstos como aquel conjunto de condiciones necesarias para la supervivencia y desarrollo de la sociedad en su conjunto. Estos intereses, atendida a su naturaleza e importancia, representan el verdadero estímulo que impulsa a la nación hacia el futuro y se denominan objetivos nacionales cuando han sido definidos o descritos, generalmente en la Constitución del Estado, con la finalidad de señalar a la política las metas que ésta debe alcanzar y preservar.

Excedería los límites de este artículo profundizar el tema de los objetivos nacionales, no obstante su trascendencia, pero es necesario recordar que en la Declaración de Principios de 1974, en la Constitución Política vigente y en Objetivos Nacionales del Gobierno de Chile, se contienen los elementos suficientes para entender su carácter y determinar su importancia para el progreso del país.

De lo expuesto se desprende que existiendo una relación de subordinación entre la economía y la política, y entre ésta y los objetivos nacionales, la primera debe ponerse al servicio de estos objetivos, lo que implica diseñar una política económica coherente con ellos y eficaz para alcanzar las metas que se proponen.

A nuestro juicio, por lo tanto, la implementación de un modelo o estrategia de tipo económico es un problema de realismo y buen criterio: las medidas que se dispongan no pueden dejar de considerar las verdaderas capacidades de que dispone la nación para alcanzar sus objetivos y los recursos materiales efectivos que se puedan emplear en estos fines.

Dicho en otras palabras, la economía libre que el país ha escogido deberá ser también esencialmente pragmática y muy flexible, si con ella se desea impulsar un auténtico desarrollo nacional.

En consecuencia ¿qué experiencias es posible recoger de la presente crisis económica?

En primer lugar, la necesidad de establecer la primacía y superior valor de las metas políticas, ya que son éstas las que marcan la ruta y señalan la orientación que debe seguir en su esfuerzo la comunidad nacional.

En segundo lugar, implementar o perfeccionar cuanto antes las políticas económicas que se requieran para satisfacer aquellos objetivos nacionales largamente postergados:la presencia vigorosa de Chile en el Pacífico,la integración de nuestro territorio de un extremo a otro, el desarrollo de la capacidad tecnológica propia y el cuidado por preservar la identidad histórica del país, son algunos casos de objetivos nacionales que exigirían, correlativamente, una estrategia económica adecuada (por ejemplo el crecimiento y la solidez de una Marina Mercante Nacional es la condición para la presencia de Chile en el pacífico).

Por último, la crisis debería enseñar que es urgente penetrar la mente y corazón de los chilenos con una nueva mística que reemplace al materialismo economicista que aún prevalece: esta nueva fe debería consistir en una opción por la austeridad y por el esfuerzo interno que crea riquezas, es decir, en la opción por una verdadera mística de trabajo.

Gustavo Cuevas Farren

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